El síndrome Dr. Jekyll y Mr. Hyde en los museos

El siglo XXI ha llevado a los museos hacia el Trastorno de Identidad Disociativo (TID), popularmente conocido como Trastorno de Personalidad Múltiple. En su dimensión física son una cosa y en la virtual otra.

Mantienen su genética del siglo XX (conservada en cemento) pero no quieren renunciar a parecer del siglo XXI. Una doble personalidad que se ha visualizado de forma dramática en los últimos 15 años con la irrupción de las redes sociales en el ecosistema comunicativo.

En términos de comunicación corporativa, la identidad (o personalidad) que se proyecta a los públicos no puede ser muy diferente a la realidad. Si se opta por el engaño, se crea una imagen distorsionada de la realidad que solo puede ocasionar problemas al museo en cuestión. Uno puede decir en Tinder que se parece a George Clooney o a Scarlett Johansson, pero si en realidad eres más bien como Florentino Fernández o Loles León la cita te saldrá por la culata.

Hay una tendencia e incluso una corriente teórica que defiende que los museos se deberían mostrar desenfadados y cercanos desde sus perfiles en las diferentes redes sociales. Me parecería perfecto que así fuera, pero ya escribí en «Jorge de Burgos contra el humor, la mano que mece la cuna de nuestros museos» que los museos son alérgicos a tonos que no sean asépticos como un quirófano.

En la base de todo hay un problema que nadie parece querer ver, aceptar y en última instancia cambiar: en general, los museos son en su sede física serios y lejanos como la señorita Rottenmeier.

Si eres Fernando Fernán Gómez pero cuando comunicas quieres pasar por Josema Millán es que tienes un problema de TID.

Un museo que lo sufre es el Museo Nacional del Prado. Basta visitar físicamente el museo para saber que su discurso y su comunicación con el visitante es aséptica, para nada desenfadada y menos aún cercana.

¿Cómo entender que un museo que todavía prohíbe tomar fotografías en sus salas tenga perfil en TikTok? Si el público objetivo de esta red social (cachorros de la Generación Z, jóvenes de entre 13 y 18 años) pasea la vista por el perfil del museo (cosa difícil teniendo en cuenta que se publican contenidos que no encajan con el tono de esta red –ver aquí un ejemplo-) quizá piense que se trata de un museo diferente y que merece ser visitado. Solo me gustaría ver la cara de sorpresa cuando en el momento de intentar hacer una foto se le acerque un vigilante de sala para con un tono inquisitorial recordarle que allí no se permite tomar fotos (ya imaginarse lo que pasaría si la joven decide hacer un vídeo para TikTok es para quedarse sin aliento).

El verdadero drama de fondo es que los museos no tienen ninguna intención de ser desenfadados, de utilizar el humor, de ser cercanos con sus visitantes; sólo utilizan las redes sociales para proyectar esa imagen. Mientras no quieran cambiar nos estarán engañando.

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