Me imagino que, como todo hijo de vecino, uno conoce nuevas cosas en la vida gracias a hechos puntuales, muchas veces fortuitos.
Eso es lo que precisamente me pasó con la Interpretación del patrimonio, una maravillosa disciplina de Difusión cultural desconocida, poco usada o, curiosamente, mal interpretada en nuestro país en el ámbito de lo cultural.
Totalmente casual, porque me llegó en forma de regalo de uno de mis hermanos, el veterinario: un libro. Quizá uno de los regalos más providenciales que me hayan hecho jamás. El título lo dice todo: Guía Práctica para la Interpretación del Patrimonio. El arte de acercar el legado natural y cultural al público visitante. Su lectura compulsiva me hizo entusiasmarme con el tema. Pero todavía no me había enganchado lo suficiente como para enamorarme.
El flechazo llegaría también accidentalmente. Cuando durante unas jornadas de difusión cultural celebradas en Málaga se me acercó un personaje bien curioso con el que entablé una simpática conversación. Al poco de parlotear me enteré que era el autor de “mi” libro: Jorge Morales Miranda. Sentirle hablar de la Interpretación, con aquella proximidad, aquella pasión y aquel convencimiento, hizo que finalmente me enamorara de la disciplina. Que quisiera saber más, llegando a los padres (Enos A. Mills o Freeman Tilden) o a sus gurús más recientes (Don Aldridge o Sam H. Ham).
Desde entonces, dentro de mis posibilidades, siempre he intentado difundir sus bondades allá donde me han querido escuchar o leer. En próximos posts intentaré glosarlas, explicando también lo que NO es interpretación.
Vaya mi agradecimiento a mi hermano Luis, a Jorge y a su libro. ¡Uno no se enamora todos los días!