A Few Good Sponsors. A Few Bad Sponsors

Contar con patrocinador es una buena noticia para cualquier museo o equipamiento cultural, pero ¿a cualquier precio?

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[Foto: Amy Scaife, Corbis]

Para que un patrocinador sea un buen compañero de viaje, lo primero que debería es conocer en profundidad la singularidad del mundo cultural y respetar la misión de la organización o equipamiento patrocinado.

Algunos patrocinadores buenos

Cumpliendo con esas premisas, buenos patrocinadores serían, por ejemplo, Versace y Prada. Ambas empresas patrocinan la restauración de la Galleria Vittorio Emanuele II de Milán, una de las joyas patrimoniales de la ciudad lombarda, con una aportación de 1,5 millones de € cada una.

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[Fotos: inGalleria]

No cometiendo los errores de otras empresas, que al patrocinar la restauración de un monumento lo transforman en una vulgar valla publicitaria, han optado por la sutileza y la inteligencia comunicativa.

Se ha creado el potentísimo proyecto InGalleria (aquí vídeo), cuyo principal objetivo es ofrecer buenos contenidos sobre el monumento y su restauración, utilizando la potencia comunicativa de internet y las redes sociales (con presencia en Twitter, Facebook, Instagram y YouTube).

Tanto in situ como online, la presencia de los patrocinadores es de baja intensidad. Una sutileza que, acompañada de un inteligente trabajo comunicativo, les reporta y reportará una imagen positiva y un aumento de su reputación. Algo que no pasa cuando se actúa de manera invasiva, transformando los monumentos en restauración en un soporte publicitario cualquiera.

Algunos patrocinadores malos

Incluso cumpliendo con aquellas premisas comentadas al inicio, se puede no ser un buen patrocinador: hay empresas cuya hoja de servicios no es precisamente intachable.

Para un museo o equipamiento cultural, un mal patrocinador sería el que, por malas praxis en su desempeño empresarial (generadora de problemas medioambientales, explotación laboral, etc.), puede ocasionarle un problema de imagen y reputación.

Es el caso de las petroleras BP y Shell y los equipamientos culturales que patrocinan, como la Tate, el British Museum, el National Theater o la Royal Opera House. Para mucha gente es inaceptable que el mundo de la cultura acepte recursos de empresas poco respetuosas con el medioambiente.

Lo más interesante de este caso es que buena parte de esa gente se ha organizado por medio de grupos activistas como PlatformArt Not Oil Coalition (una coalición de organizaciones) y Liberate Tate, cuyo objetivo es conseguir la cancelación de la colaboración entre equipamientos culturales y las empresas petroleras.

Y más interesante aún es la manera de plantear la presión para conseguirlo. Obviamente utilizan todos los nuevos medios que ofrece el ecosistema digital (web y perfiles en redes sociales como Twitter o Facebook), pero lo más llamativo son sus guerrilla theatre performance.

La última que realizó el colectivo Liberate Tate fue «The Reveal» (el 31 de enero de 2015, aquí vídeo).

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[Foto: Martin Lesanto Smith]

Durante la performance, siete activistas vestidos de negro lanzaron billetes del Bank of Tate en la Tate Britain.

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[Foto: Liberate Tate]

En el verso del billete, el rostro de Nicholas Serota, director de la Tate y el logotipo de BP coronando como un sol la chimenea de la Tate Modern; en el reverso, el rostro de John Browne (ex-CEO de BP y actual presidente de la junta directiva de la Tate…) sobre el logotipo de la empresa y una de sus grandes «creaciones» medioambientales: el vertido de petróleo que inundó el Golfo de México en abril de 2010 (recomiendo leer el artículo de Bárbara Celis «Fundido a negro»).

Por su parte, la Art Not Oil Coalition ha hecho su última aparición en el British Museum con la performance «Sherloch Holmes: The Adventure of the Oily Museum» (el 29 de marzo de 2015, aquí vídeo) del grupo de teatro «BP or not BP?».

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[Foto: Art Not Oil Coalition]

Una herramienta de lucha más es «Artwash. Bil Oil and the Arts», el libro que acaba de publicar Mel Evans, activista de Liberate Tate (aquí book trailer del libro).

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Está claro que el patrocinio de empresas como BP o Shell no está alimentando positivamente la imagen y reputación de los museos y equipamientos culturales que patrocinan.

Patrocinadores y patrocinio, claro que sí. Pero sabiendo muy bien quién hay realmente detrás y, si supera la prueba del algodón, que éste sepa que patrocinar un museo o equipamiento patrimonial no es transformarlo en el mono de Valentino Rossi o Richard Hamilton.

Que todo esto sea posible, hoy día, es otro cantar.

Bonus track

Art Not Oil, Liberate Tate & Platform: «Not if but when: Culture Beyond Oil», 2011.

Platform: «Take the Money and Run? Some positions on ethics, businees sponsorship and making art», 2013.

Platform & Art Not Oil: «Picture This. A portrait of 25 years of BP sponsorship», 2014.

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