¿Acostumbrarse a la mercantilización de los museos públicos?

En Manual de comunicación para museos y atractivos patrimoniales, concretamente en el capítulo dedicado a la publicidad, transcribí íntegro «Acostumbrase», un exquisito relato de Clara Sanchis Mira (publicado en La Vanguardia, el 16 de abril de 2008).

Ahora, aquel breve pero intenso texto encaja como guante de seda en la realidad que está viviendo la museística catalana y española. Una realidad que la hace bascular hacia terrenos propios de modelos de gestión claramente orientados hacia su mercantilización.

Me parece tan bueno y tan oportuno, que lo vuelvo a transcribir nuevamente:

Digamos que soy un amante del arte. En los conciertos cierro los ojos, con un sentido menos el oído adquiere una mayor percepción. Así escuchaba el otro día la segunda sinfonía de Sibelius, una obra poderosa con la que los violonchelos te arrebatan la voluntad mientras su sonido se vuelve literalmente físico y trepa por tus piernas. Así estaba, ebrio y desmadejado en la butaca, cuando un desvarío de los violines me hizo dar un respingo. Una melodía absurda se insinuaba por los agudos. Durante un instante pensé que mi imaginación me jugaba una broma de mal gusto. Pero era evidente que algo pasaba entre las cuerdas. Los violines, impasibles, en medio de la gran obra, no cabía la menor duda, estaban interpretando el sonsonete publicitario de una conocida marca de bebidas refrescantes. Miré escandalizado a mi alrededor, pero ningún rostro compartía mi desconcierto. Poco a poco, como si no hubiera pasado nada, la ejecución adecuada de la partitura fue reconduciendo la sinfonía hasta el final.

Con la boca seca, entré en un museo. Me gusta pasar largos ratos recorriendo El jardín de las delicias, el cuadro inagotable del Bosco, jugando a redescubrir rincones y seres insospechados como los dos cuerpecitos desnudos que asoman de un mejillón o algún culito escondido. En esas estaba, sorprendiéndome maravillado una vez más por esa luz que emana del interior de las casas de la zona más oscura del tríptico, que parece el destello fulgurante de la luz eléctrica y no de la luz de las velas, como si el Bosco, a la manera de Da Vinci, premonitorio, hubiera dibujado el futuro con la certeza y el vuelo de su genio. En esas estaba cuando un trazo desvariado me hizo dar un respingo. Me froté los ojos y volví a mirar. Una de esas casas terminaba la inclinación del tejado en un cruce de líneas que formaba, idéntico, el logo de una conocida compañía de electricidad. Me acerqué al lienzo. Ahí estaba, con un trazo diferente, grosero, el dibujito que acompaña mis facturas de la luz. No es posible, pensé, y deambulé perplejo hacia las salas de Velázquez. El cuadro de Las hilanderas me proporcionó unos instantes de paz, hasta que mis ojos tropezaron, en el centro de la rueca de Minerva, con el logo de una famosa marca de ropa. Qué está pasando, me dije, y corrí desorientado por los pasillos tapándome la cara con las manos para evitar la imagen de la caja de toallitas higiénicas que me pareció entrever pintada en la mesa del retrato de la pequeña infanta Margarita. Pero me encontré con Los borrachos y vi tembloroso que en la copa que alza el joven en su brindis por Baco, brillaban las letras de una conocida marca de champán. El perro no, pensé a gritos, y me adentré a empujones en la salas de Goya hasta que di con el magnífico cuadro y contemplé, sin aliento, la inquietante cabecita del animal que mira hacia lo alto, sin atreverme casi a levantar los ojos hacia el resto del lienzo, donde siempre había reposado el vacío de ocres y grises que plasmó el pintor y ahora asomaba, obsceno, el logo de una compañía aérea.

Me abalancé sudoroso sobre un vigilante. Alguien ha pintarrajeado en los lienzos, grité, los cuadros están mutilados. No exagere, me contestó, son acuerdos publicitarios; al fin y al cabo sólo afectan a un trocito del cuadro, puede usted mirar tranquilamente el resto. ¿Publicidad?, balbucí. Ya se acostumbrará, prosiguió dándome golpecitos en la espalda, ¿recuerda las protestas que hubo cuando la televisión empezó a interrumpir las películas con anuncios? Desvirtúan el ritmo cinematográfico, decíamos furiosos, mutilan las obras del séptimo arte, perturban la narración. ¿Y al final qué pasó? Pues que nos hemos ido acostumbrando, como a tantas otras cosas. Con un poco de tiempo y de buena voluntad, también a esto, no lo dude, se acabará usted por acostumbrar.

Siento ser tan tajante, pero el que intenta juntar palabras en este portal se niega a acostumbrarse.

2 comentarios

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Óscar, tu escueto comentario tiene un gran valor.
Demuestra que en el mundo del márqueting y la publicidad hay profesionales (el tuyo es un caso) que saben muy bien las teclas que hay que tocar cuando se trabaja en ámbitos de la cultura como los museos.
Que se pueden hacer muchas cosas, pero sin olvidar que hay teclas que no se deben tocar aunque Sam insista.
Y en temas de patrocinio, más de lo mismo. Quiero pensar que también las empresas (y especialmente sus responsables de márqueting), son conscientes de los límites que no hay que traspasar si patrocinan un museo.

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