Colón lava más blanco. Cuando se venden los símbolos ya no hay stop

Gracias a una multinacional de ropa deportiva ya no hay duda: Colón no solo era catalán, también era del Barça (que nadie se rasgue las vestiduras por la inconsistencia cronológica de esta deducción, total, lo que interesa es vender camisetas, no dar lecciones de historia).

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[Foto: AP Photo/Manu Fernández]

Más allá de la polémica política y social que ha salpicado la noticia de la utilización del Monumento a Colón de Barcelona como soporte publicitario, que aquí no interesa, está visto que nuestros gestores y las empresas no aprenden de los muchos precedentes. En Miradas ya se ha escrito algún post que reflexionaba sobre la (mala) idea de utilizar los monumentos como mero soporte publicitario (Los monumentos no son el mono de Fernando Alonso), algo que en Italia parecen haber entendido después de grandes polémicas como las de Venecia y Florencia (Roma no transformará la Fontana di Trevi en el mono de Fernando Alonso).

Si se mira la cosa desde el punto de vista patrimonial, es vergonzoso que se utilice una escultura monumental como la de Colón, tan emblemática para Barcelona, como si se tratase de un maniquí de El Corte Inglés. Cuando se venden de esa manera los símbolos de una ciudad es que hay algún problema que afecta directamente algunos valores esenciales.

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[Foto: EFE]

En declaraciones en el programa El matí de Catalunya Ràdio, el alcalde de la ciudad decía: «Es pot posar publicitat a Colom perquè està en obres. No incomplim cap ordenança». Uno de los tertulianos del mismo programa radiofónico, el cineasta Pere Portabella, ponía sentido común al tema: «La publicitat també té uns límits. Si comencen a vestir amb escafandres o biquinis els emblemes, serà tot estrambòtic».

Como imaginaba Clara Sanchis Mira en el relato Acostumbrarse, espero no acostumbrarme a que una famosa marca de ropa coloque su logo sobre la rueca de Minerva de Las hilanderas de Velázquez o que una compañía aérea lo haga sobre el vacío de El perro de Goya. Me inquieta que algún día pase y se transforme en una costumbre, como ya lo es la interrupción de las películas para pasar unos «consejos» publicitarios.

Algunas personas vinculadas a la cultura barcelonesa se han pronunciado al respecto. Por ejemplo, Lluís Permanyer, cronista de la ciudad, considera la acción como banal y de una pobreza estética evidente. Miquel Espinet, presidente del Foment de les Arts i el Disseny decía: «Parece obra de un ‘hooligan’ incontrolado». Pero, ¿qué piensa la gente de la calle? Pues gracias a una encuesta online de La Vanguardia, en la que han participado más de 2.600 personas, lo sabemos: un 62 % aprueba la utilización publicitaria de espacios públicos simbólicos.

Desde el punto de vista de imagen de marca tampoco es que la jugada de la empresa impulsora haya sido sumamente inteligente. Me serviré del símil futbolístico para que se entienda mejor: puede que el gol que han colado al consistorio les sirva para pasar una eliminatoria de Champions (corto plazo: con una inversión mínima han conseguido un gran ruido mediático que les permitirá vender muchas camisetas), pero cuando se trata de cultivar la imagen corporativa el partido se juega en formato liga (medio-largo plazo: que los potenciales consumidores veneren la marca).

No me imagino la Estatua de la Libertad con una gorra gigante de los New York Yankees. Yo, como José Antonio Donaire, tampoco me imagino entrar un día a la Galleria dell’Accademia y encontrarme al David de Miguel Ángel con unos calzoncillos de D&G.

Acciones como la de Colón no hacen más que ahondar en la repulsa que mucha gente profesa a la publicidad. Viendo cosas así, un amante de la publicidad como yo no puede más que abjurar de ella.

P.s.: Mirando y remirando las fotos de Colón he sido capaz de percibir lo innovadores que son la gente de la empresa de marras. La  temporada 2013/14, el Barça abandonará la convencional y aburrida camiseta por el modelo «vestido premamá». Barcelona, siempre a la cabeza del diseño.

5 comentarios

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Hello Santos! Be, tot depén de com es miri, como siempre!
Aquesta campanya publicitària que és el què és, en maúscules, doncs ha tingut els resultats que s’hi esperaven: molta difusió i repercussió banyada de polèmica + calerons que ha rebut l’Ajuntament de Barcelona (que em sembla molt be si arriben a les partides de Cultura que ens van comentar els nostres estimats regidors).

També, i tal i com li vaig comentar a DonAire per tw (que ara no trobo)… on està la ‘línia’ entre la publicitat pura i dura i l’art? Exemples tenim d’artistes contemporanis com Antoni Miralda i la seva ‘HoneyMoon project’ entre Colom (un altre cop!) i l’estàtua de la llibertat a NY! (jo hi vaig assistir a la inauguració que van fer a la Miró, era una peque-estudiant! 🙂 http://ca.wikipedia.org/wiki/Antoni_Miralda o en Christo i el Bundestag de Berlin o el pont Neuf de París coberts completament de roba http://ca.wikipedia.org/wiki/Christo_i_Jeanne-Claude Parlem de patrimoni i parlem d’instal.lacions, d’art? Si una campanya publicitària es porta amb gràcia i té benefici ciutadà (és clar, sobretot si és un be públic) why not?

I si uns calçotets de D&G estan ben posats a l’escultura de Miquel Àngel i serveix per a mantenir-la 100 anys més, per què no? Evidentment tot depén de l’estètica, que en aquest cas és el què és…. lletja a matar! 😉

Carme, cuando se hace pop (vendemos nuestra alma al Diablo), ya no hay stop.
Como sabes, soy un enamorado y defensor de la publicidad. Y me encantaría saborear más acciones de marketing de guerrilla en la ciudad. Pero como en todo, una buena acción de este tipo de técnica también exige inteligencia (por ejemplo, algún tipo de conexión entre el producto/servicio/empresa y el monumento o espacio ubanístico que se utiliza como soporte de la acción). La «acción» de Colón no la tiene. Como tampoco la tendrían los calzoncillos en el David.
Si no somos capaces de mantener nuestros monumentos sin necesidad de venderlos al mejor postor, mejor olvidarnos de ellos. Es perversa esa idea que expresas: si D&G paga le dejamos que hagan lo que quieran con una obra emblemática como el David.
Obras y monumentos como el David y otros se ganan a pulso, día a día, que sus propietarios les cuiden con mimo. Y eso incluye que llegado el momento de pasar por quirófano, sean las arcas públicas las que se hagan cargo de la operación. ¿Qué sería Florencia sin el David? ¿Roma sin el Coliseo? ¿Barcelona sin la Pedrera? Pues nada.
Mira los casos italianos. Allí parece que al final, después de las polémicas en Venecia y Florencia, las propias empresas han entendido que las cosas, cuando se habla de monumentos, se tienen que hacer con sutileza. Eso es lo que diferencia una sociedad avanzada de una tercermundista.
Se pueden hacer cosas, pero con tacto. En esto, como en el amor, siempre es mejor ser delicado, sutil.

Me parece que no me has entendido del todo, planteaba 2 cuestiones:
1. Qué diferencias hay entre arte y publicidad, entre intervenciones publicitarias o artísticas, entre dónde acaba el arte y empieza la publicidad, entre arte del bueno o publicidad de la mala, o entre publicidad de la buena y arte del malo, y más si interviene sobre el patrimonio? (por eso ponía esos 2 ejemplos) Muchas veces las diferencias son de bautismo, es decir alguien dice que es arte y eso es arte y hay intervenciones publicitarias magníficas de guerrilla o no que son o rozan el arte… Nadie se cuestiona una buena o mala intervención si está de por medio el hecho artístico, en cambio cuando es publi sí.

2. No he dicho en ningún momento a cualquier precio, lo que he dicho es que si esa intervención ayuda a preservar ese patrimonio gracias al dinero recibido, bienvenido sea, es como una donación a cambio de otro servicio o especie, quid pro quo.

3. y para que eso sea posible, saber elegir bien para el mejor resultado se necesita que los gestores que administran esos espacios tengan criterio y sepan diferenciar el grano de la paja, acaba siendo al final una cuestión de buen gusto, sensibilidad, responsabilidad y sentido común, nada a cualquier precio, y más si estamos hablando de bienes públicos.

Y a mí, más que la chorrada de la camiseta lo que más me ha molestado es su simbolismo… Desde cuándo la identidad de mi ciudad está vinculada a un equipo de fútbol? Y Colom? Bueno, en este caso no es uno de mis monumentos favoritos, aunque el precio que hayan pagado puede que sirva para cuando la próxima vez que los ultras del Barça destrocen mobiliario público haya fondos para pagar los destrozos…

Bueno, bueno, bueno, Carme.
Te entendía tanto que a la primera cuestión que planteabas, la relación entre arte y publicidad, ni quise entrar. Llevo años dándole vueltas a la relación entre las dos esferas y la respuesta sería larga, muuuuuy larga (incluso mis venerados y archicitados Herederos de Rowan trataban el tema en el segundo número de la e-revista de Miradas (páginas 7-9): http://issuu.com/santosmmateos/docs/miradas_02).
Eso sí, una acción artística (como las que comentabas de Miralda y Christo) no tiene nada que ver con una acción publicitaria. Puntos de partida diferentes y objetivos también diferentes.
Yo soy de los que piensan que la publicidad puede considerarse una disciplina artística más. Pero como ya te comentaba, la buena publicidad, para serlo, tiene que partir de la inteligencia creativa. Por ejemplo, una acción del tipo de la de Colón tendría sentido si existe o se establece alguna conexión sólida entre lo publicitado y el monumento que se utiliza como soporte. Cosa que para nada pasa en el caso que comentamos. Como tampoco pasaba en la valla publicitaria que durante un tiempo tapaba la Casa de les Punxes.
La intervención de Colón genera unos beneficios al Ayuntamiento (ridículos teniendo en cuenta el éxito de la acción) que revertirán en temas sociales, no directamente en el monumento.
Si tuviésemos gestores responsables y con sentido común sería posible plantear cosas así. Pero, lamentablemente, ese escenario no existe.
(Te) recomiendo vivamente la lectura del pequeño ensayo «Acostumbrase» de Clara Sanchis Mira (publicado en La Vanguardia del 16 de abril del 2008, p. 19). ¡Es magistral!
Aquí va:
«Digamos que soy un amante del arte. En los conciertos cierro los ojos, con un sentido menos el oído adquiere una mayor percepción. Así escuchaba el otro día la segunda sinfonía de Sibelius, una obra poderosa con la que los violonchelos te arrebatan la voluntad mientras su sonido se vuelve literalmente físico y trepa por tus piernas. Así estaba, ebrio y desmadejado en la butaca, cuando un desvarío de los violines me hizo dar un respingo. Una melodía absurda se insinuaba por los agudos. Durante un instante pensé que mi imaginación me jugaba una broma de mal gusto. Pero era evidente que algo pasaba entre las cuerdas. Los violines, impasibles, en medio de la gran obra, no cabía la menor duda, estaban interpretando el sonsonete publicitario de una conocida marca de bebidas refrescantes. Miré escandalizado a mi alrededor, pero ningún rostro compartía mi desconcierto. Poco a poco, como si no hubiera pasado nada, la ejecución adecuada de la partitura fue reconduciendo la sinfonía hasta el final.
Con la boca seca, entré en un museo. Me gusta pasar largos ratos recorriendo El jardín de las delicias, el cuadro inagotable del Bosco, jugando a redescubrir rincones y seres insospechados como los dos cuerpecitos desnudos que asoman de un mejillón o algún culito escondido. En esas estaba, sorprendiéndome maravillado una vez más por esa luz que emana del interior de las casas de la zona más oscura del tríptico, que parece el destello fulgurante de la luz eléctrica y no de la luz de las velas, como si el Bosco, a la manera de Da Vinci, premonitorio, hubiera dibujado el futuro con la certeza y el vuelo de su genio. En esas estaba cuando un trazo desvariado me hizo dar un respingo. Me froté los ojos y volví a mirar. Una de esas casas terminaba la inclinación del tejado en un cruce de líneas que formaba, idéntico, el logo de una conocida compañía de electricidad. Me acerqué al lienzo. Ahí estaba, con un trazo diferente, grosero, el dibujito que acompaña mis facturas de la luz. No es posible, pensé, y deambulé perplejo hacia las salas de Velázquez. El cuadro de Las hilanderas me proporcionó unos instantes de paz, hasta que mis ojos tropezaron, en el centro de la rueca de Minerva, con el logo de una famosa marca de ropa. Qué está pasando, me dije, y corrí desorientado por los pasillos tapándome la cara con las manos para evitar la imagen de la caja de toallitas higiénicas que me pareció entrever pintada en la mesa del retrato de la pequeña infanta Margarita. Pero me encontré con Los borrachos y vi tembloroso que en la copa que alza el joven en su brindis por Baco, brillaban las letras de una conocida marca de champán. El perro no, pensé a gritos, y me adentré a empujones en la salas de Goya hasta que di con el magnífico cuadro y contemplé, sin aliento, la inquietante cabecita del animal que mira hacia lo alto, sin atreverme casi a levantar los ojos hacia el resto del lienzo, donde siempre había reposado el vacío de ocres y grises que plasmó el pintor y ahora asomaba, obsceno, el logo de una compañía aérea.
Me abalancé sudoroso sobre un vigilante. Alguien ha pintarrajeado en los lienzos, grité, los cuadros están mutilados. No exagere, me contestó, son acuerdos publicitarios; al fin y al cabo sólo afectan a un trocito del cuadro, puede usted mirar tranquilamente el resto. ¿Publicidad?, balbucí. Ya se acostumbrará, prosiguió dándome golpecitos en la espalda, ¿recuerda las protestas que hubo cuando la televisión empezó a interrumpir las películas con anuncios? Desvirtúan el ritmo cinematográfico, decíamos furiosos, mutilan las obras del séptimo arte, perturban la narración. ¿Y al final qué pasó? Pues que nos hemos ido acostumbrando, como a tantas otras cosas. Con un poco de tiempo y de buena voluntad, también a esto, no lo dude, se acabará usted por acostumbrar.»

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