Levantamientos (y una erguida sonrisa)

Mirada invitada: Mon Rodríguez-Amat

Profesor e investigador de la Universitat de Vic (Barcelona)

Una leve sonrisa irónica se me erige al ritmo de las cuatro cementeras columnas en plena Plaça Espanya de Barcelona. Símbolo de todo lo indecible, las cuatro piezas fueron noticia en su propósito, en su posibilidad, en su propuesta y en su desarrollo (aquí un poco de recorrido noticiario). Y sin estar todavía terminadas los cuatro piares levantan ya aires de reclamación y gestos de hastío y hasta algunos atrevidos asentimientos de cabeza que ven en los pedestales un merecido regreso a los motivos de su inicial definición. Una verdadera lástima.

Comunicacion_del_patrimonio

[Foto: Miradas desde la copa]

Lástima que vuelva su necesidad, lástima que no se le ocurra a nadie nada más que eso para afrentar la que se avecina, lástima que se siga regresando a los referentes decimonónicos discursos identitarios del catalanismo y del españolismo; lástima que las cuatro columnas de cemento se conviertan en el hito y el chinpún final de una legislatura de la que esperábamos más de lo que dio. Pero estamos en tiempos de crisis y echando mano de alguna memoria histórica deberíamos estar acostumbrados a que se seden y narcoticen las crisis con megalómanos monumentos. Al fin y al cabo, la agonía del PSOE en España se chinpunea en AVEs desarticulados, radiales y artificiales.

Pero me gustaría volver a la sonrisa irónica. No es el sentido motivo del levantamiento, ni el dinero gastado en tiempos de hambruna, ni los discutibles gestos de desgana de un pretendido cosmopolitismo que de tan universalista se volvió anticatalán; como tampoco son irónicas las urticarias que provocó la contraposición de las cuatro columnas nacionalistas sobre el no menos nacionalista fondo del Palacio Nacional. La sonrisa tiene otros motivos y, sin duda, otros fines.

Más allá (o más acá) de la particular piedra o del concreto hierro, de la columna erguida o de la vía trazada, del presente escenario de crisis o de la desafección políticas es tan poco interesante hablar, como discutir sus nacionalismos. Una rémora quimérica de neo-pseudocosmopolitismo sigue haciendo como si una imagen tribal y originaria, primitiva de afiliación nacional debiera/pudiera ser exorcizada del discurso político, de la práctica cultural subvencionada, de la invención retrospectiva de la nación. Pero el supuesto cosmopolitismo originario de Condorcet, Voltaire o hasta de Kant murieron en el mismo momento de su implementación; sus promesas se rompieron en el umbral de su materialización en ley.

Así que mientras el mundo se parcele en Estados de raíz constitucional las naciones, importan. Y no sólo porque el nacionalismo garantiza la principal forma de cohesión social y de mitología colectiva que asegura una cierta continuidad simbólica entre los miembros de la sociedad, en el interior de los estados; sino porque, además, la ley de los estados recibe su legitimidad de la presencia indiscutida de la nación que es el pueblo.

De forma que ese “nacionalismo que se presenta en tallas pequeñas y colores estridentes” no es más que un eco de otro nacionalismo de un estado que persigue su propia continuidad, su propia legitimidad y su propio sentido original. La cuestión es que el segundo se nota menos y parece menos esperpéntico y más lógico, menos chillón y más liberador aunque sirva para lo mismo y lo haga igual. Renunciando pues a negar que el nacionalismo no puede no existir en el estatalizado mosaico mundial, emergería sólo una cuestión como la del nacionalismo bueno o del nacionalismo malo, pero es tan aburrida como estéril, tan vacía como mal intencionada. Así que prefiero renunciar también a ella.

Y ¿qué nos queda, entonces? Levanto la mirada distraída, pensativo, y sigo de pie a capitel el cuerpo monstruoso y cementoso del cuarto pilar: “la palabra y el discurso hechos piedra: el monumento que cuenta, la memoria que materializa, la piedra habla a gritos algo que nadie oye, pero que todos pueden llamarlo como quieran”, suelto grandilocuente.

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[Foto: Miradas desde la copa]

Me interesa más el habla que la moral, la práctica que el universal, el hacer que el pretender; así, que sigo con la mirada la extensión de las columnas, o de las vías, o de los muros, o de los Ministerios o de los himnos o de la bandera que ondea silenciosa en lo alto del edificio público y sonrío. No sólo de esa sonrisa irónica del despilfarro decadente, de cántico císnico, de agonía combatiente o de regresión romántica, no. Sino también de otra sonrisa, ésta, más afable y sincera, más honda e ilusionada, del placer y de la libido intelectuales de descubrir en las piedras, en los hierros, en las vías, en las telas, en los lienzos, en los acordes, en las rimas y en las estampas un territorio nuevo, fértil, sugerente, crítico en el método y consciente en su finalidad, de discusión teórica, de análisis sistemático de dispositivos y de narrativas y de trabajo, por venir, sobre nacionalismo.

Ese banal, ese planificado, ese público y ese publicado, ese nacionalismo transmediático y disperso reverberado en las piedras y en el paisaje, en las ruinas y en los monumentos, en el turismo y en la ópera, en las firmas y en las rimas, en los cuentos y en las hadas, me interesa. No ya para acudir presuroso a su final o certificar su hipócritamente deseada defunción; ni tampoco para contemplar fascinado e inútil su cultural diversidad; sino más bien me interesa para señalar con un dedo más desvelador que denunciante, más delatador que acusante, las múltiples y complementarias formas de su permanente reproducción.

Así que le sonrío irónico y dispuesto, mientras señalo, tocapelotas y de pie, al discutible levantamiento de las columnas, al arqueológico desentierro de Puig i Cadafalch siglo después, al nada azaroso mapa de los trenes ahora en democracia, o a las nada neutrales sentencias del Tribunal Constitucional y del Tribunal Supremo; y trago saliva, primero, y me froto las manos, luego: ¿quién dijo el fin del nacionalismo? Sonrío todavía más.

8 comentarios

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Mi sonrisa tiene que ver con los recursos destinados al monumento.
Si es cierto, como anunciaba la propia web del Ayuntamiento de Barcelona cuando se presentó el proyecto, que el coste final de la cosa asciende a un par de millones de €, se comprueba una vez más que tenemos unos políticos de República banarera.
¿Cuántos bienes culturales barceloneses podrían resturarse con esa cantidad?, ¿cuántas actividades culturales podrían generar los museos municipales con esa cantidad? Al final resultará que sí hay recursos para la Cultura, lo que no tenemos es políticos que sepan gestionarla.
«Señores» políticos, en una coyuntura de economía de guerra no nos podemos permitir lujos propios de sultanatos del Golfo Pérsico.

El Ayuntamiento de Barcelona acaba de anunciar otro despilfarro: el monumento a los Gays y Lesbianas, no en forma de columna dórica, sino de triángulo invertido y de mármol color rosa. Me temo que no suscitará las mismas críticas, a pesar de que el colectivo homenajeado ostente la misma condición de reserva india que Catalunya.

Matización a sus comentarios: el Palacio Nacional de Montjuïc fue ciertamente levantado por un nacionalismo, el hispánico de la dictadura de Primo de Rivera, que se apresuró a demoler el símbolo de Puig i Cadafalch de unos años antes. Si su reposición es un «arqueológico desentierro», muchas otras presencias, físicas o metafísicas, me parecen igual de vanas y desde luego mucho más costosas. Por ejemplo, esa Constitución de las narices sobre la que nadie menor de cincuenta años ha podido opinar.

Quantes paraules buides de contingut, quanta literatura per a no dir res, quants somriures i quanta ironia desdibuixada, quantes vegades de repetir “nacionalisme” per finalment no concretar a quin nacionalisme es refereix. Creiem que seria millor que es dediqués a la feina on ha triomfat: com a pintor i cartellista. Però si del que es tracta és de carregar-se el nacionalisme català hauria de saber que lluny de ser decadent, ara és més viu que mai i si del que parla és del nacionalisme espanyol, sembla que hauria d’esmentar que aquest es queda cada any més de 21 mil milions d’€ només en concepte de fiscalitat que ells anomenen “solidaritat” Si és per queixar-se dels diners invertits en el monument de les quatre columnes, hauria d’esmentar els més de 3,000 € per la consulta de la remodelació de l’Avinguda Diagonal gastats en fum.
Naturalment seria més somriure, més ironia i més de tot, parlar de la “megabandera” del nacionalisme espanyol i dels milions que en temps de crisi es gasten en despeses sumptuàries descontrolades qualsevol govern de l’estat. També hauria d’esmentar amb claredat que en el fons, el que pretén és criticar és el substrat patriota català de les quatre columnes on Primo de Rivera sí hi va saber veure les quatre barres catalanes. Cal recordar que el genial arquitecte, segon president de la Mancomunitat i estudiós de l’art va ser perseguit pel dictador Primo de Rivera i pel dictador Franco el qual li va negar (1954) la possibilitat d’exercir com arquitecte.
Per altra banda el seu és un discurs aboca al nihilisme i a la desesperança més que a la revolta i a l’emancipació social. És més un discurs de tipus filosòfic anarco-nihilista aprofitant com a pretext el tema de les columnes i d’en Puig i Cadafalch. Aixequi els ànims, no sigui tan nihilista: les columnes són un símbol i un homenatge a la revolta i a l’esperança; no li busqui tres peus al gat: és un triomf sobre la intolerància i el totalitarisme, un triomf de la llibertat i de la voluntat d’un poble… Han costat uns quants euros però han donat feina a uns arquitectes, uns escultors, uns encofradors, uns paletes, uns manobres…; i què hi farem: la humanitat s’organitza en clans, pobles, nacions perquè no som ésser abstractes sense vida comuna i sense sentiments; si vostè és artista alguna cosa li deu dir això!
En resum, seria més interessant que el senyor Rodríguez-Amat continués la seva activitat més reeixida de pintor i cartellista per la qual ens sembla més ben preparat.

Enric Padrosa
Secretariat de La Xarxa d’Entitats

Benvolgut Enric, com a editor del portal et faig una correcció al teu comentari: l’autor del post, en Mon Rodríguez-Amat, no és pintor ni cartellista, és professor universitari. Com sempre comento als meus alumnes, les recerques al Google s’han de fer amb molta cura, ja que de no fer-ho així, es poden generar confusions o errors. Google és una magnífica eina, però com tota eina s’ha de ser molt curós per no atribuir a algú coses que no ha dit o fet.
D’altra banda, m’imagino que l’autor tindrà molt de gust en puntualitzar els teus comentaris i mantenir una fèrtil discusió sobre aquest tema.

Paradojas visuales: si te sitúas en Plaza España y miras hacia el Palacio Nacional (como ya se ha comentado, construido bajo yugo del dictador Primo de Rivera y lamentablemente nunca deconstruido como merecía por su aborrecible arquitectura), las cuatro columnas pseudopuigicadafalchianas parecen sostenerlo como esos soportes que se ven en las pastelerías para exponer los pasteles…

¡Cuánto trabajo! ¡Cuánta conversación! ¡Qué placer dejarla fluir sin descalabros y a penas sin descalificaciones!, ¡qué placer aprender e instruir, convencer y dejarse convencer, realizar y dejar de confundir!

Queridos comentadores, déjenme comentar. Aunque fuera para encadenar el fluir del verbo, la conversación que se para en el acuerdo sólo un momento para seguir discrepando felizmente. Qué aburrido sería estar de acuerdo, qué somnífero y absurdo.

Voy a organizar mi respuesta en dos frentes y voy a seguir decepcionando: porque no voy a hablar de dinero. Al fin y al cabo lo que recibo al final de la docencia y la investigación mensuales lo invierto en cosas poco columnares, pero a cada cual su espacio de decisión. Y si la inversión en la columnata dio trabajo, lo celebro; y propongo que se construyan doce más, o dieciséis, en los cuatro puntos cardinales dels Països Catalans! Me temo, sin embargo, que ni esa inversión hace país (Catalunya, quiero decir, ¡que yo estoy por la independencia, pero no por el despilfarro! Políglota y no por eso menos catalán, educado y no por ello menos sensible) ni lo hacen tantos otros banderámenes que surcan los siete mares del mundo.

Querido Leviathan, todas las identidades necesitan monumentos. Es cierto que no todas las identidades reciben ayuda institucional, y que las instituciones deciden de qué forma monumentalizan qué. Y estaríamos de acuerdo que a veces erguir cuatrinversiones no hace tanta falta; así que, permítanme, más que nihilista pueden llamarme romántico porque soy más de las otras identidades, esas a las que les basta un nombre, un título o una fecha para enmarcar, firmar y monumentalizar un punto de referencia colectivo, una identidad creída, un anclaje de la fe: así los gays, así los catalanes, así los pastores alemanes. Pero ese será mi segundo frente de respuesta.

El primer frente quiero dedicarlo a otra aclaración debida: Puig i Cadafalch, además de ser el diseñador y promotor de las columnas, se encargó de desenterrar les Ruïnes d’Empúries hace algo más de cien años (http://www.mac.cat/cat/Seus/Empuries/Presentacio); y por lo tanto hablar de arqueología y de desentierro no resulta ajeno a la nube conceptual que rodea a Puig i Cadafalch; pero además, es más desentierro que erección reanimar las viejas columnas y tratarlas como una deuda de otros que volvemos a pagar nosotros. (Para la distinción entre historia y arqueología me remito a «La arqueología del saber» de Michel Foucault (http://www.scribd.com/doc/2465728/Foucault-Michel-Larcheologie-Du-Savoir).

En cuanto al despilfarro creo que tiene toda la razón, querido Leviathan, aunque no utilizaría la Constitución de ejemplo. Pues mientras las columnas sostienen el aire (y, hasta desde según qué ángulo, el Palacio Nacional de la nación de al lado, gràcies, Santi por la deliciosa metáfora!) la Constitución sostiene derechos y obligaciones que delimitan y enmarcan hacia adentro y hacia afuera los límites del Estado. Y eso es lo que debe tocarse, de una vez por todas, si ese Estado no tiene la talla adecuada para el cuerpo (los cuerpos) del país: inviertan pues el dinero en ley, inviertan el dinero en sastres constitucionales que corten y cosan la ley allí dónde el cuerpo lo exija y no al revés; y dejémonos de columnatas y piedras, de banderas e himnos, de bailes populares, no sé si me explico.

Pero vayamos a lo segundo: a la sensación de club, a la sensación de pertenencia, a la identidad colectiva, a esa cosa problemática que más o menos en el mismo momento que Puig i Cadafalch, Max Weber llamaba «Gemeinsamkeitsglauben» (Sentimientos de comunidad – http://www.textlog.de/7776.html -). Esos sentimientos, esas sensaciones de compartir son estructuralmente inherentes a cualquier comunidad, necesarios e imprescindibles porque sin ellos no hay colectivo.

Resulta, sin embargo, que la nación no es más que uno de esos sentimientos construidos e inventados con un éxito atronador por los Estados modernos a partir del siglo XVIII. De hecho, el éxito de la invención es tal que nos resulta prácticamente imposible pensar desde otra óptica; y la maquinaria es tan efectiva que proyectamos la nación hasta las sombras del tiempo remoto (http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1354-5078.2004.00153.x/abstract); pero que todos lo creamos no impide que se trate de una invención colectiva, repetida, reforzada, instaurada y tan aparentemente sólida que nadie la discute: no es difícil descubrir la literatura y los estudios sobre nacionalismo que discuten contra los viejos esencialistas, los viejos perennialistas, los viejos autores de la «longue durée» (sin embargo recomiendo a Umut Ozkirimli que ya hace más de diez años escribió una de las mejores revisiones sobre las teorías del nacionalismo que he encontrado http://www.goodreads.com/book/show/2610608.Theories_Of_Nationalism).

Tal vez eso, amic Enric Padrosa (a quien conozco de mi tiempo en la Fundació Centre de Documentació Política, también hace ya más de diez años) debería responder a la pregunta sobre el tipo de nacionalismo al que me refiero: al que cree en la existencia de las naciones, es decir, a los nacionalismos de Estado y a los nacionalismos sin-Estado, a los buenos y a los malos, a los que tienen Constitución y a los que no. Todos los nacionalismos, me temo, que son inventados; y aunque se reproducen por canales distintos; y lo hacen con más apoyo institucional o menos, con más dinero o menos, con más columna o menos, con más o menos legitimidad; en todos ellos se encuentra un ejercicio de ventriloquia que en nombre del pueblo hace y decide, define y discrimina, malentiende e interpreta (para saber más sobre la invención del «pueblo» como concepto político propongo las clases de marzo de 1978 que Foucault dictó en el Collège de France publicadas en castellano aquí: http://www.quedelibros.com/libro/51260/Seguridad-Territorio-Y-Poblacion.html). El pueblo, por desgracia, se convierte en el convidado de piedra del nacionalismo: especialmente de aquél que invierte en su nombre sumas de dinero, de aquél nacionalismo que se dedica más al símbolo, a la bandera y a la piedra, o a quejarse y menos a la ley o a la gente.

Es cierto, hay mucha literatura en mi entrada del bloc (gràcies per la invitació, Santi, altra vegada); pero me temo que la literatura no está enfrentada con el mensaje, y que la forma no exime del contenido: de hecho, estimat Enric, me temo que su lectura de mi texto es meramente formal y poco sustancial, diagonal y poco atenta, superficial y respondona. Así que le recomiendo que se olvide de que está en castellano y busque en él los ánimos que me pide, la propuesta que le lanza, la mirada que sugiere. Porque están. Justo en el punto dónde usted prefirió que le sonara hueco, resulta que se perdió el sentido entero del post; y ya sabe que sin juego de sentido nos quedamos sin ironía. Le ruego, pues, que en lugar de googlear mal mi apellido en Internet googlee las palabras que no comprendió a ver si con ayuda le queda un comentario más aceptable. Ya lo ve, el debate está en otro sitio, no va contra eso que usted llamó «nacionalisme català» sin permiso y como si fuera suyo. Está demasiado acostumbrado a discutir, con las viejas reglas, el viejo juego: me temo que ni ud (ni la institución que representa) es propietario del «nacionalisme català», ni todo lo que discute lo que su institución ha promovido significa directamente nacionalismo español. Mire más allá, renueve el aire en sus pulmones, respire y lea atentamente el blog porque la conversación es más rica cuando ninguno de los replicantes «pixa fora de test».

En cuanto al nihilismo, qué puedo decirle: he citado a Foucault en varias ocasiones que se llamaba a si mismo postnietzschiano; y Nietzsche se dedicó al estudio del nihilismo extensamente. Pero me pregunto si es más nihilista profesar el símbolo y olvidarse del presente, invertir en piedras y olvidarse de la gente, erguir columnas o vías de tren a ninguna parte (no se olviden de que aquí he utilizado ejemplos de nacionalismos varios) en lugar de fomentar el desarrollo, de terminar con la pobreza o de trabajar por algo más terrenal y mundano que un ideal de nación decimonónico en cuatro columnas. O, si me dice nihilista sólo por señalar con dedo infantil y acusador, divertido, sincero y molesto, honesto y tranquilo, la paja en el ojo propio porque de gente que señala, tozudos e insistentes, repetitivos y monótonos, estériles y parásitos ojos ajenos, ya tenemos demasiados.

Así que permítanme una recomendación: si se quiere hacer país; si alguna vez desean tener país propio (e insisto, que yo también quiero uno que sea mejor que el que me tiene ahora) deberían dejarse de columnatas, de gestos arrogantes y de desagravios, de ofensas y de creerse los ventrílocuos autorizados a la hora de decidir qué necesitamos, y cómo queremos que sea el país que viene (porque si va a ser un campo columnar, seguramente me bajaré yo y algunos otros contribuyentes que querremos un país más práctico, menos despilfarrador, más eficiente y más productivo). Hagan país, déjense de despilfarros; escuchen el rumor, la gente y déjense de relicarios porque no estamos en tiempo de columnas, ni de cementos: estamos en tiempos de ley y de gestión, de inversión, investigación y desarrollo; de participación y de diversidad.

Pero este blog, esta mirada, es cierto, debería volver al arte (discúlpame, Santi, por la soporífera digresión por el cansino, sentimentalizado y maniqueo debate sobre nacionalismo). Porque así empezó la cosa: el arte, lo escribí por ahí algún día, construye la esfera pública simbólica (sin la cual el público no se siente miembro del colectivo). El público, decía, es fundamental para el debate, para la discusión, para la participación y para la legitimidad. Por esta razón, es cierto, el arte forma parte estructural del proceso de construcción de legitimidad y de las identidades colectivas: ello implica que se debe estudiar el arte contextualizado en el marco de las estructuras de poder, de las intenciones y de la cosmovisión del mundo. Porque ni el arte ni las personas son ajenas a su entorno. Pero también fue Walter Benjamin quién habló del arte por el arte y lo opuso al arte comprometido. Por eso me sigue pareciendo que las columnas no tienen aura ni autenticidad: el tiempo de las columnas ya pasó y también el de su cabezota refundación. Las columnas son más una nostalgia que un paso adelante, son más un desentierro que un propósito, representan más un gesto de grandeza decadente que un decidido enunciado de discurso de nación (siempre catalana, por supuesto).

** Les pido disculpas por la eventual desatención ortográfica, estoy escribiendo desde un teclado extranjero.

Efectivamente, Mon, curiosidades del arte: tienen y tendrán más aura las fotografías del derrumbe de las columnas que las pseudocolumnas.
Señor Padrosa, lamentablemente las columnas se perdieron el año 28, todo lo demás son sucedáneos. Y estará conmigo que en los tiempos que corren, teniendo en cuenta que Catalunya no dispone de pozos de petróleo, sería mejor dedicar los recursos a acciones culturales más provechosas para los ciudadanos de Barcelona y Catalunya. Por ejemplo, creo no equivocarme si pienso que esos 2 millones de € le irían muy bien al Mercat del Born (edificio y yacimiento arqueológico). ¿No es este un caso más de la evidente desidia y dejadez de nuestros políticos? Desgraciadamente así es como se gestiona nuestro patrimonio histórico. Al final tengo la sensación que aunque no disponemos de oro negro sí tenemos políticos que se creen (y nos tratan) como emires.

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