Moviendo la permanente: la vacuna de los museos contra la exposicionitis

Profundizando en el post ¿Exposiciones temporales o Blockbusteritis?, el problema actual de los museos no sólo son las exposiciones rompetaquillas, también lo es la exposicionitis: programación de muchas exposiciones temporales pero abandono de la exposición permanente. Investigación e innovación al servicio de las exhibiciones temporales. Polvo y cartelas amarillentas para la permanente.

En el muy recomendable libro «El Museo: hoy y mañana» (Museo Nacional del Prado y A. Machado Libros, Madrid, 2010), tanto el anterior director del Metropolitan Museum of Art, Philippe de Montebello, como su sucesor, Thomas P. Campbell, reflexionan sobre la propia experiencia del Met y alertan con claridad y contundencia sobre este problema.

Dice de Montebello:

También expresaba mi malestar por el hecho de que en esas exposiciones se prodigaran las técnicas más avanzadas de instalación e iluminación, así como cartelas impecables y programas de interpretación, mientras que las salas de la colección permanente forzosamente quedaban en lo más bajo de nuestra lista de prioridades en cuanto a nuestra capacidad, o incluso nuestra intención, de renovarlas y reinstalarlas.

Para acabar concluyendo que las muchas banderolas desplegadas en la fachada del museo para promocionar las exposiciones «son un indicador más parecido al rubor de la fiebre que al buen color de la salud».

La solución es más vieja que la rueda, pero en tiempos como el actual (¿hace falta recordar el ERE del Chillida-Leku?) seguramente es la mejor opción: pequeñas presentaciones o mini-exposiciones alrededor de las piezas, colecciones o salas permanentes. La profundización del modelo de La pieza del mes. Como decía, no se trata de inventar el fuego, se trata de mantenerlo y, si es necesario, aumentarlo.  

En mis últimas visitas al Museo Nacional del Prado he disfrutado muchísimo con las confrontaciones de algunas de sus pinturas con obras procedentes de otros museos: La obra invitada, le llaman. Cómo no disfrutar con la confrontación de La Magdalena penitente de George de La Tour (cedida por el Museo del Louvre) con El viejo tocando la zanfonía y el San Jerónimo leyendo del mismo autor (propiedad de la pinacoteca madrileña). Cómo no sentir lo mismo al poder calibrar la influencia directa de Las meninas en la obra de John Singer Sargent Las hijas de Edward Darley Boit (1882). 

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[Foto: Miradas desde la copa]

El Museu Picasso de Barcelona va un poco más allá de la idea de La pieza del mes o La obra invitada. El museo de la calle Montcada acaba de poner en marcha el proyecto displays, exposiciones de pequeño o mediano formato que inciden en aspectos de la colección o de la relación de Picasso con Barcelona. A esto le llamo yo dinamizar eficazmente las injustamente olvidadas y siempre mortecinas permanentes.  

La primera, Ciencia y caridad al descubierto, gira entorno a esa obra de juventud de Picasso. Una presentación de reducidas dimensiones (dos salas) que profundiza y contextualiza esa pintura de la colección permanente. Se exponen los resultados del estudio radiográfico y de reflectografía infrarroja que permiten conocer ciertos detalles hasta ahora desconocidos de la pintura (por ejemplo, los pentimenti), junto a las obras que fueron la fuente de inspiración.

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[Foto: Museu Picasso]

Otros museos siguen desaprovechando oportunidades. Tienen la fabulosa oportunidad de ingresar nuevas obras (pongamos por caso de Mariano Fortuny, Ramon Casas o Gaspar Homar), pero ni tan siquiera hacen una triste actividad que las ponga en valor. Los conservadores y restauradores trabajan, pero no tienen un público al que explicarles sus avances. Y si no pueden difundir sus conocimientos sobre aquellas obras, ¿para qué trabajan? 

Dos modelos de museo bien distintos. Museos que aprovechan muy bien los siempre escasos recursos disponibles, cumpliendo con sensatez y eficacia su labor cultural. Otros que, pudiéndolo hacer, siguen durmiendo el sueño eterno. Por supuesto el problema no es el pobre museo (como institución), lo son los «profesionales» que lo gestionan. Buenos gestores en un caso, malos en otro.

La sociedad se merece buenos gestores capaces de hacer mejores museos.

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