La reacción al pasar del cubo blanco al contexto

Al hilo del post Del cubo blanco al contexto: el Guernica, es gracioso (por no decir triste) leer algunos comentarios sobre la reformulación del Reina Sofía.

 

Entre los más hilarantes está el que escribía Rafael Sierra, director de la revista Descubrir el arte, en su editorial “El Reina mueve ficha” del número 124. En él se despachaba de esta manera: “La fotografía, los dibujos, los libros y las revistas han desplazado, incomprensiblemente, a la pintura y la escultura de gran formato. La colección permanente ha sido aderezada con películas, cuyos diálogos provocan las sonoras carcajadas de algunos visitantes y la ira de otros, que no comprenden por qué tienen que soportar una sesión de cine de barrio cuando contemplan una obra en un museo”. Alguna de esas películas son las pequeñas píldoras cinematográficas de los hermanos Lumière o El maquinista de La General de Buster Keaton. Está claro que el señor Sierra conoce y valora muy poco el cine.

 

Otra cosa es el artículo en profundidad que se publica en el mismo número de la revista, firmado por Francisco J. R. Chaparro, donde se hace un planteamiento más serio del asunto (algo no muy difícil teniendo en cuenta las lindezas del editorial). El articulista duda muy seriamente sobre el aspecto que aquí interesa: el papel contextualizador de los audiovisuales, las fotografías y los libros. Por ejemplo, de los libros dice lo siguiente: “No se sorprenda entonces si en su visita al Reina Sofía se topa con un montón de vitrinas llenas de libros extraños. Sirven para alimentar una curiosidad de dos segundos de duración –nadie va a detenerse a verlos más de ese tiempo- y, ante todo, al piadoso fin de expiar el impúdico pecado de exponer obras de arte en la sala de un museo. Lo contradictorio del asunto es que esos libros estén ahí para ser vistos y no leídos, para que informen de su condición de guarnición contextual de lo de siempre, el cuadro que cuelga al lado”.

 

Está claro que en el replanteamiento del Reina Sofía el papel de esos elementos contextualizadores es secundario, que en ningún momento se pretende restar importancia a las obras, el verdadero protagonista. ¿Acaso perturba ver y observar el Guernica y después poder ver la maqueta del pabellón?

 

Probablemente Francisco J. R. Chaparro tenga razón al decir que sólo sirven para alimentar la curiosidad por espacio de dos segundos. Pero seguro que la suma de segundos consumidos delante de esos agentes de contextualización permite hacerse una idea más cabal de la importancia de las obras que acompañan. Por tanto, bienvenidos sean.

2 comentarios

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Menos mal! Yo también aluciné con tanta crítica negativa a estos elementos de contextualización del Reina. ¿Será que por esas latitudes no están acostumbrados a lo que aquí llevamos años viendo en museos como el Macba, y que el señor Borja-Villel se ha encargado de exportar?

Yrene, no creo que sea una cuestión geográfica. Yo creo que es más bien la incapacidad de algunos de entender el museo de arte de otra manera. La visión de aquellos que quieren mantenerlo como espacio sagrado. La visión de los que quieren un arte autónomo, sin vínculos. ¡Cómo si los artistas vivieran aislados del mundo! Me gustaría pensar que son minoría, aunque cada vez que visito un museo de arte salgo convencido que son mayoría.

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